Seguimos evolucionando. Nuevas tecnologías, nuevos soportes, nuevos conceptos. Neuromarketing, marketing emocional, inteligencia artificial. Cada año una nueva palabra que nos fascina cuando la escuchamos de la boca del último gurú surgido de la nada.
Y mientras tanto, lo que tenemos delante de los ojos sigue sin verse.
Vivimos desbordados por el futuro y olvidamos lo cotidiano. Lo que funciona. Lo que siempre ha funcionado. Lo sencillo.
Para mí, el mejor gurú del marketing, y de la vida en general, es el sentido común. Compañero leal en todos los proyectos, que siempre da buenos consejos y al que casi nunca hacemos caso.
Para acertar con cualquier estrategia de marketing basta con hacerse una sola pregunta: ¿esto funcionaría para mí como cliente?
Si la respuesta es no, no se hace. Si nadie sabe responderla, tampoco.
Lo que no se ve no se vende. Por muy bueno que sea el producto, si está escondido esperando a que alguien pregunte por él, no tiene futuro. Eso no es estrategia. Es esperanza.
La diferenciación no siempre viene de hacer algo nuevo. A veces viene de hacer bien lo que ya existe. Sin ruido. Sin laberintos. Con criterio.
Cinco minutos sentado a pensar con tranquilidad valen más que una tarde entera de reuniones estratégicas.
Un diseño sin alma es como hacer pan sin levadura.
Se puede hornear, tomar forma, parecer correcto. Pero cuando lo pruebas, algo falta.
El alma del diseño no está en las tendencias ni en las herramientas. Está en el brillo de los ojos del cliente cuando lo ve por primera vez. En la sensación de que lo que tiene delante le representa, le habla, le pertenece.
Dignificar un diseño es dignificar el trabajo. Y eso requiere tres cosas que pocas veces ocurren a la vez: respetar al cliente y seguir fielmente sus pautas, respetar al diseñador y dejar que su criterio dote de personalidad al resultado, y tener la honestidad suficiente para decir lo que se piensa aunque no sea lo que nadie quiere escuchar.
Cuando las tres coinciden, el diseño tiene alma.
Cuando falta alguna, se nota. Siempre se nota.
Tenemos un diseño increíble, un contenido potente. ¿Y ahora dónde imprimimos?
Casi siempre se tiende a la opción más económica.Se infravalora el proceso de producción y se deja de prestar atención al resultado final.
Hasta que el resultado final llega y no es lo que se esperaba.
Las imprentas online de nueva generación ofrecen precios difíciles de competir. Pero el precio no incluye saber qué papel usarán, qué tintas, qué control de color. No incluye la conversación que necesitas antes de enviar el archivo.No incluye a nadie que te avise cuando algo no va a salir bien.
Lo barato sale caro. En producción gráfica eso no es un dicho, es una certeza documentada en tiradas tiradas a la basura y trabajos rehechos desde cero.
La recomendación es siempre la misma: estudio pormenorizado de proveedores con criterios de calidad, plazo y precio. En ese orden. No al revés.
El diseñador gráfico es una especie singular. Se mueve como pez en el agua en entornos agrestes y solitarios. Raramente se le ve acompañado. Es totalmente autosuficiente y, en ocasiones, profundamente intransigente.
He trabajado con diseñadores durante años. Casi siempre con resultado de éxito. Siempre con el mismo denominador común: intensidad.
Intensidad en el trato. En la toma de decisiones. En la medición del tiempo. El diseñador marca sus pautas. Hay que aceptarlas, o morir en el intento de aplicar las propias, licencia que en contadas ocasiones conceden.
Son artistas en versión digital. Explotan su genialidad en solitario, esperando la inspiración, y cuando la obra está lista la exponen. El proceso no se negocia.
Diseñar no es trazar líneas esperando crear una obra maestra. El diseñador nace vocacionalmente. Eso se entiende y se respeta.
Aunque a veces me funciona la psicología inversa: conseguir que crea que la idea ha sido suya.
Mi amigo el diseñador. Especie singular donde las haya.